Familias o unidades de convivencia

Por Josep Maria Montaner

Hace ya tiempo que se habla de la familia postmoderna en contraposición a la estructura nuclear y patriarcal de la familia moderna. En la actual, más diversa y compleja, predominan nuevas características: más parejas sin hijos, familias monomarentales y monoparentales, familias reconstituidas o ensambladas, dos personas o más sin núcleo matrimonial, o personas solas. Las tendencias son claras, disminuye la familia tradicional con hijos, que del 40% pasa al 30% aproximadamente; aumentan las personas que viven solas, especialmente en las ciudades; y, aunque el porcentaje esté estable, es muy representativo el periodo de vida en que las personas conviven en grupos, sin relaciones de parentesco, ya sean estudiantes, trabajadores o parados.

Esta situación nos lleva a pensar que en ciertas críticas a la postmodernidad hay una añoranza oculta a la familia moderna y patriarcal, un rechazo solapado a la eclosión de fenómenos surgidos al unísono de la postmodernidad, como los feminismos contemporáneos o las parejas homosexuales.

No solo la estructura familiar se ha transformado, es más igualitaria y menos jerárquica, y es muy relevante la mezcla cultural resultante de matrimonios mixtos y de la adopción de niños y niñas de otros continentes, sino que el mayor cambio social se produce por los extremos: los singletons y las agrupaciones de personas que conviven sin ser familia. Esto hace que ya no se hable de familias sino de unidades de convivencia, para no excluir a todos estos casos en los cuales no hay lazos familiares o las personas viven solas.

Hoy la mayoría de los jóvenes tienen ya la experiencia de haber vivido en alguna época en pisos de estudiantes, residencias, comunas u okupas; ello define a unas nuevas generaciones con otras pautas de vida: más activistas, más acostumbrados a compartir y a mantener relaciones distintas a las convencionales que son, en cambio, las únicas que tienen en cuenta los promotores, las normativas y los políticos. Al ser un momento de transformación y crisis se dan muchas más combinaciones de unidades de convivencia, como familias multigeneracionales; jóvenes que viven temporalmente con familiares; dos o más núcleos familiares que se organizan para vivir juntos; viviendas con realquilados, etc.

Al mismo tiempo, se incrementan las personas mayores que viven solas, sobrepasando en España los 1,7 millones. Es el resultado del aumento de la esperanza de vida y el objetivo esencial ha de ser poder tener un envejecimiento autónomo y activo. También aumentan las personas, jóvenes y maduras, que, teniendo pareja, prefieren vivir cada una en su casa. En los países nórdicos, Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca, o en ciudades como Seúl, los singletons representan entre el 40% y el 45% de los hogares. En Cataluña ya son medio millón las viviendas en las que vive una sola persona, alrededor de un 20% del total; cifra y porcentaje similares a las viviendas con parejas sin hijos.

Todas estas transformaciones reclaman cambios drásticos en la estructura y la forma de las viviendas, que deberían ser mucho más diversificadas y flexibles. Sin embargo, en el mercado inmobiliario escasean pisos disponibles para estos casos; predomina el piso convencional. Esta incapacidad de las administraciones y de los promotores para responder a una realidad tan variopinta, que reclama tanto pisos adecuados para personas que viven solas o para parejas, como pisos de un cierto tamaño y flexibles que se vayan adaptando a la evolución de las unidades de convivencia, es chocante y se refleja en la escasez de promociones a base de módulos combinables, transformables y crecederos.

Nuestra modernidad líquida comporta condiciones de vida personales más inestables, pero también más libres. Con trabajos precarios e intermitentes las relaciones personales se hacen más imprevisibles y las agrupaciones afectivas están en continua transformación. Hay una mayor movilidad obligada para instalarse en lugares donde hay ofertas de trabajo, al mismo tiempo que las posibilidades de elección de modos de vida están más abiertas que nunca.

Ante este nuevo panorama se han de buscar alternativas de tenencia, más allá de la compra o el alquiler, abriendo más posibilidades al alquiler social; a todo tipo de cooperativas, como las de cesión de uso; a comunidades de ayuda mutua; a la “masovería urbana”, etc. Además, se han de experimentar nuevos modos de compartir: electrodomésticos, instalaciones y espacios comunitarios. Si en los años setenta y hace unos diez años la arquitectura de la vivienda en Cataluña supo experimentar y ponerse al día, hoy aún están pendientes los tipos de vivienda adecuados a nuestro tiempo. Vamos acumulando retraso para conseguir la necesaria sintonía entre los nuevos modos de vida de una sociedad en transformación, por una parte, y disponer de unas viviendas más sostenibles, flexibles, transformables y compartibles, por otra.

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