La burbuja hotelera

Por Josep Maria Montaner

Hace ya más de diez años que campea sobre Barcelona la discusión sobre el modelo turístico. Y no solo crece el descontento en los barrios en los que el turismo arrasa, sino que desde mediados del 2013 el aumento de inversiones globales, animadas por la revisión del Plan de Usos de Ciutat Vella, que suprimió la moratoria de nuevos hoteles, demuestran que existe una cierta burbuja hotelera, con algunas características similares a la que ya en el 2004 denunciamos como burbuja inmobiliaria y a la que hicieron oídos sordos la mayor parte de políticos.

La primera es la generalización de la especulación. De la misma manera que entonces se pretendía que cualquiera pudiera especular, comprando pisos o considerándose millonario por el supuesto valor del suyo, hoy el sector de inversiones inmobiliarias relacionadas con el turismo se ha reestructurado y expandido en todas las direcciones. Entran más multinacionales con capitales globales y fondos de inversión, y los expertos en compraventa y gestión hotelera buscan solares y edificios para convertirlos en hoteles o apartamentos turísticos.

De los aproximadamente 1.100 millones de euros invertidos en el sector inmobiliario de Barcelona en el 2013, 460 lo han sido en hoteles de todas las categorías. Esta eclosión tiende tanto hacia los de lujo y los hoteles boutique en el centro, como hacia grandes conjuntos y resorts de turismo masificado en las periferias, en la costa o en el futuro Barcelona World.

Además de los nuevos hoteles que tienen en marcha los operadores locales, es muy sintomático que las cadenas Four Seasons y Marriot estén interesadas en el edificio Deutsche Bank en Diagonal con Paseo de Gracia, o que el Grand Hyatt se vaya a situar en la Torre Agbar de la plaza de las Glorias; y explican el dónde y el porqué de los proyectos y obras municipales.

Se genera el lento efecto de ir expulsando a la población local y se potencia el alza de los precios de los pisos

Al mismo tiempo proliferan los albergues juveniles ilegales y cualquiera que tiene un piso vacío también se siente negociante y lo pone en alquiler por días a turistas, con las consiguientes molestias para los vecinos. En estos momentos se están dando muchas licencias para pisos turísticos en el Eixample, con una media de 1.000 al año, lo cual puede llevar en poco tiempo a una auténtica mutación social y tipológica.

Esta burbuja hotelera se capilariza en las redes financieras y en los mecanismos que especulan con las nuevas licencias de obras. Que fuera la cuestión de hoteles y apartamentos turísticos la que llevase a dimitir a la anterior regidora Itziar González, que haya funcionarios imputados por aceptar sobornos para agilizar la concesión de licencias, o que los saqueadores confesos del Palau de la Música de momento sean juzgados por la acusación popular en relación al hotel del Palau es bien significativo.

Esta burbuja viene propulsada por la necesidad de más plazas hoteleras, pero ello no hace más que evidenciar la falta de criterios para elaborar un proyecto urbano, establecer límites al turismo y definir cuál es la capacidad de carga de la ciudad. Igual que la burbuja inmobiliaria, que se sustentaba en inversiones sobre una base incierta, la burbuja hotelera se basa en la hipótesis de que los turistas seguirán aumentando, algo que pende del hilo imprevisible de la demanda, y de que Barcelona seguirá siendo una de las ciudades más deseadas, sin tener en cuenta los factores coyunturales que mueven a las masas por los canales del turismo: hoy viajan a Barcelona porque les resulta barato y otros enclaves turísticos, como Egipto, están en situaciones políticas inestables; hoy somos escenario para la opulencia de economías emergentes de Asia, Europa y América, que pueden dejar de serlo.

Si la burbuja inmobiliaria, que sirvió para canalizar capitales y blanquear dinero, encabezó el PIB español, hoy sucede algo similar con el turismo y los hoteles. Es cierto que la burbuja inmobiliaria afectó a todo el país, y aún arrastramos las consecuencias, y la hotelera se concentra en someter a una fuerte presión ciertas partes de la ciudad y del territorio. Sin embargo, los efectos pueden ser nefastos: se apropia de los mejores lugares, aunque sean monumentos históricos; se tolera en entornos protegidos; y se sitúa en calles peatonales, colapsándolas.

Se genera, en definitiva, el lento efecto de ir expulsando a la población local y se potencia el alza de los precios de los pisos —susceptibles de entrar en el negocio turístico— y de los locales, que en los ejes más transitados dejan de ser de proximidad para ser de ocio y consumo turístico.

Como la inmobiliaria, esta burbuja hotelera da beneficios a corto plazo a unos pocos, no aporta nada positivo a nuestra sociedad, ni empleo estable ni formación, no repercute en la mejora del metabolismo urbano ni en la calidad de vida de los habitantes, solo deja la huella de barrios forzados a transformarse. Hoy los pisos y oficinas pasan a ser hoteles; y de los horizontes para mañana no sabemos cuál es peor: barrios saturados de turistas u hoteles y barrios vacíos.

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