La no ciudad

Los artículos representan sólo la opinión de sus autores.

Por Martina de Barba

El paisaje urbano ha sido dominado. Pantallas de todo tipo, acompañan a los transeúntes habitantes de la no ciudad pasivamente por sus calles. Invaden instancias públicas y privadas, colectivas e íntimas, en busca de nuevas formas de mantener hipnotizada la atención de sus dominados. Fantasmas de los habitantes deambulan sin rumbo con las narices sobre las pantallas, mientras ellos se han marchado a a vivir de redes sociales, huyendo de la ciudad física. Deshabitandola.

¿Qué reflejan estas pantallas? Pues otras realidades, ajenas, cercanas; reflejan un momento, un recuerdo, un pasado que ya fue pero que sigue atado a este presente débil.

La atención se da desviado y ahora solo nos queda este ciudad de la no intimidad, de la exposición constante. Donde las sutilezas, las miradas con doble sentido no existen más a cuesta del constante miedo de estar sido observado por alguna de estos espejos negros (quién sabe quien está por detrás). Cada vez más, cada movimiento, cada acción queda registrada. Mientras tanto, sus habitantes se acostumbran a vivir de imágenes, de recuerdos. La integración es tal, que no se recuerda la última vez que un hombre miró a los ojos a otra persona.

Tampoco nadie recuerda el dia que se comenzaron a crear ciudades imaginarias. Algunos , los rebeldes de la tecnología, viven en la ciudad del presente (asi le dicen). En esta ciudad a diferencia del resto, las personas caminan observando la calles, los edificos; se cruzan, deambulan, se emocionan, interactuan. Es un lugar que nació como idea de ciudad pero que solo pudo ser visible ya que se convirtió en objeto de visita de algunos ancianos y de surrealistas que declaraban y defendían los encuentros banales. El cafe cortado en el bar.

Hay caminantes sin rumbo, algunos pocos curiosos de lo que era la vida hace ya más de 100 años, antes del internet móvil, antes del smartphone. Es la ciudad de perder el tiempo y del hallar espacios.

Las calles las diseñan poetas y escritores (de hecho dicen que fue la última ciudad que visitó Borges antes de morir en Ginebra). Las casas son resguardos donde la gente se pregunta y cuestiona su propio ser. Son el reino del interior, del ser interior. Habitar es la manera de ser en la ciudad del presente, es lo que configura la manera de existir de sus habitantes. La arquitectura en contraposicion con la no ciudad, busca quietud, busca la propia conciencia humana. Aquí se crearon los “contemplataculos”, espacios de reducidas dimensiones dispersos por los espacios comunes, abiertos a la posibilidad de contemplar la realidad en cualquier momento que se necesite.

En esta ciudad, se elogia el presente. Se vive, se habita, se conversa y contempla. Se hace, de a una cosa a la vez. La mirada (¡qué importante factor!) lleva al conocimiento de su ciudad, a los detalles; descubre lo oculto y evidente. Al punto que no hacen falta nombres en las calles de la ciudad del presente ya que todos recuerdan el edificio vecino, el de los azulejos, el de ladrillo y el que le sigue.

Sobre una de las paredes se puede leer una frase de Cortazar, muy estimado por sus habitantes. Cuando las personas pasan, se puede sentir como murmuran la frase a modo de promesa:
” Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle, no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina”

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