La estética del consumo.

 

Este artículo forma parte de un capítulo extra del libro Arquitectura y Política, de Josep Maria Montaner y Zaida Muxí publicado por la editorial GG.

Hay dos fenómenos que se van entrecruzando y anudando a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. Uno, la paulatina introducción de los medios de comunicación de masas, con el inicio de la cultura pop, abriendo un tiempo basado en los contemporáneos sistemas de visión y percepción. El otro, el desarrollo de un ciclo que intenta legitimarse a partir de la voluntad de aspiración a la realidad; un realismo que después de la Segunda Guerra Mundial adoptó una concepción relacionada con la superación de la abstracción, que ya se había convertido en academia, con el deseo existencialista de acercarse a la realidad cotidiana, y que evolucionó hasta fusionarse con la sociedad de consumo. Disponibilidad de medios de comunicación y aspiración de realismo han nutrido mutuamente de manera compleja y contradictoria. Es decir, la cultura del consumo y de los medios de comunicación se alimenta de lo que aporta el realismo. Y este ciclo con rasgos culturales, sociales, políticos y económicos comunes, a medida que ha ido ampliando el panorama y registro de lo que es la realidad, ha tendido a la estetización de todos los fenómenos.

Este proceso quedó conceptualizado en dos momentos claves. En 1944, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en su Dialéctica de la Ilustración, demostraron como el proceso de estetización de la realidad lo va incorporando todo: consumo, miserias y dificultades; ello es el resultado de esta paulatina retroalimentación entre medios de comunicación y realidad. Estos dos autores fueron los primeros en detectar como la sociedad de consumo iría imponiendo paulatinamente los productos prefabricados, rentables y seriables de la “industria cultural”. Ya nada puede existir, ya sea una pieza musical o una obra de arte, si no entra en el formato y en la duración de los productos de consumo comercial1.

society_of_the_spectacleEl otro momento fue cuando se manifestó la sociedad del espectáculo y la mercancía, cuyo objetivo final mercantil es la transmisión de imágenes, lo cual fue conceptualizado y vaticinado magistralmente por Guy Debord en su texto de 1967, La sociedad del espectáculo2. Ambos textos son premisas del descrédito por parte del pensamiento crítico hacia el consumo y el espectáculo.

Ya en las dos primeras décadas del siglo XX, en las incipientes metrópolis y en la naciente cultura de la luz artificial, se empezó a utilizar la expresión “cultura del consumidor” y se consolidaron las agencias de publicidad, que habían empezado en el siglo XIX con los catálogos de venta a distancia de la producción industrial. La nueva cultura de la luz artificial catapulta el mundo de la publicidad, con los anuncios luminosos en las plazas y calles de las grandes ciudades. Las masas urbanas se estaban convirtiendo en el sujeto histórico, protagonistas de la ciudad y, también, del consumo. Es decir, por una parte, los movimientos sociales son los actores protagonistas y, por otra, se intenta que sean los nuevos sujetos que justifiquen las estrategias de consumo. En ambos casos, las masas se convertían en poseedoras de sus propias verdades: como movimientos críticos y como consumidores. Y esta es una nueva realidad: las masas detentan un nuevo poder.

Sin embargo, las consecuencias de este proceso no se hicieron patentes hasta los años sesenta, con el desarrollo de la sociedad de consumo, derivada del excedente de tiempo y capital de las clases obrera y media occidental, sintonizando en la eclosión del Pop Art, la primera corriente artística que estetizó la realidad a través de las técnicas e iconologías de los medios de comunicación de masas.

La década de los sesenta, por lo tanto, señala el inicio de un nuevo período, que llega hasta hoy, en el que se han vuelto omnipresentes la industria y la estética del consumo, en el que paulatinamente se ha ido absorbiendo toda la realidad, no sólo los bienes de consumo sino todo tipo de experiencias, incluidos los viajes dentro de la industria turística; todo tipo de realidades, incluidas las ciudades, que compiten como marcas dentro del mercado; y todo tipo de fenómenos, incluido el arte, que ha pasado a ser un producto más dentro de los movimientos del mercado financiero inflacionario3. En arquitectura, la presión y el éxito mediático han sustituido a la utilidad real.

Transformaciones: poscolonialismo, crisis ecológica y mundo virtual

affiches-mai-68-greve-1968-poster-02Para interpretar las últimas décadas del siglo XX es importante revisar conceptos y referentes: el término Tercer Mundo; el fenómeno del Mayo de 1968; el surgimiento de nuevos movimientos sociales; el mundo consumista y tecnológico de Internet, todo ello dentro de la nueva lógica capitalista de la sociedad de consumo.

Poscolonialismo

Un fenómeno político y social caracterizador de esta nueva etapa ha sido la toma de conciencia del concepto del Tercer Mundo. Un complejo proceso político y económico según el cual la independencia respecto a Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y Portugal trajo consigo un paso aún más perverso: el fin del colonialismo dejaba paso a países libres para gestionar su propia miseria y analfabetismo, con una endémica y planificada falta de infraestructuras y medios, con todo a punto para que las élites locales en estas sociedades poscoloniales heredasen y fomentasen los mismos mecanismos de segregación y exclusión social y urbana, de explotación y de protección de sus ganancias y privilegios, que habían conformado las ciudades coloniales y que habían aprendido de sus colonizadores.

Los desajustes de este proceso de descolonización sumado a las pugnas entre el bloque soviético y el capitalista comportaron guerras fronterizas, civiles y entre tribus que se mantienen hasta hoy en África y Asia, y que empezaron con la guerra entre India y Pakistán tras la independencia, en 1947; la durísima guerra de independencia de Argelia contra Francia, en los años cincuenta; y la intervención militar de los Estados Unidos en la Guerra del Vietnam, en los años sesenta. Todos estos conflictos generados por una nueva situación geopolítica han comportado millones de muertos.

Fredric Jameson ha escrito que el Imperio Británico fue sustituido por el Fondo Monetario Internacional4. Tras recuperarse de la Segunda Guerra Mundial, a partir de finales de los años sesenta el mundo financiero europeo, junto al norteamericano y al japonés, invirtieron e hicieron préstamos en Latinoamérica, contribuyendo al endémico problema de la deuda externa y forzando continuamente programas de ajuste estructural para privatizar y para reducir las ayudas públicas. Este proceso de dominio de las inversiones se agudizará a partir de los años noventa con la globalización neoliberal.

El concepto de Tercer Mundo se empezó a aplicar después de la Conferencia Internacional de Bandung en abril de 1955, en la que por primera vez 29 países de África y Asia condenaron el colonialismo, la discriminación racial y las armas atómicas. Era la época de líderes africanos como Nasser, Kwane Nkrumah, Haile Selassie, Ben Bella, Sekou Touré o Jomo Kenyatta y asiáticos como Nerhu5. Ante este nuevo protagonista, conformado por los países pobres que reclamaban sus derechos, depauperados y esquilmados durante décadas de colonialismo por parte de los países ricos, los periodistas franceses A. Sauny, J. Cazes y J. Domingo acuñaron el término de un Tercer Mundo. La categoría política de Tercer Mundo se situaba más allá de la dualidad imperante durante el período de la Guerra Fría, entre el mundo del capitalismo y el mundo del comunismo, rememorando al Tercer Estado que en la Francia revolucionaria de 1789 surgió como grupo social emergente tras la nobleza y el clero. Más allá de esta denominación de raíz francesa, y dentro de esta dualidad capitalismo y comunismo, dichos países prefirieron denominarse y agruparse como los “países no alineados”. Podemos decir que la denominación tercer mundo es un calificativo puesto desde fuera, con el que no se identifican muchos países así denominados, ya que, más que pobreza, el denominador más común son las fuertes desigualdades existentes entre sus habitantes.

En definitiva, la descolonización convertida en poscolonialismo trajo consigo el surgimiento de un nuevo sujeto contemporáneo de la historia reciente: el Tercer Mundo, con su base en la desigualdad y explotación que han dado lugar a su endémica pobreza; a las crisis económicas recurrentes, a los flujos continuos de inmigrantes hacia los “slums” de las metrópolis, pero también, minoritariamente, hacia las élites productiva e intelectuales; a la huidas masivas del hambre y de la guerra, teniendo que recurrir a campos de refugiados; con el paulatino deterioro de un medio sin agua potable, con creciente contaminación y los efectos destructores de las industrias dependientes del Primer Mundo; y con los frecuentes colapsos climáticos, como tormentas, inundaciones, terremotos y maremotos destruyendo áreas enteras. Este estado de cosas generó en los años sesenta una gran diversidad de movimientos de liberación, como el black power norteamericano, las células maoístas o las diversas guerrillas latinoamericanas, entre las cuales la cubana, liderada por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, fue la que consiguió dar continuidad política a los intentos revolucionarios que culminaron en la victoria de 1959.

El poscolonialismo ha evolucionado fuertemente en varios sentidos6. En primer lugar, el poscolonialismo ha ido aparejado a la revolución tecnológica en la agricultura, basada en la producción masiva, en el monocultivo en grandes terrenos de poderosos propietarios en países pobres dependientes de los países ricos y en la aplicación de productos químicos para la fertilización. La última estrategia de dominio en el terreno de la agricultura la constituyen los cultivos transgénicos, los cuales introducen la agricultura dentro de la lógica de las franquicias y los copyrights. Las semillas modificadas ya no pueden utilizarse como elementos naturales de reproducción, no se compran ni se pueden reproducir sin permiso, sólo se arriendan como productos cuya propiedad es siempre de las multinacionales de la biotecnología que las produce. Hoy, los efectos tan negativos de una “revolución verde”, que no ha paliado la pobreza y que ha incrementado la indefensión de los agricultores, son muy evidentes7.

Además, la misma evolución ha puesto en crisis los mismos conceptos. En realidad, ya no podemos hablar del Tercer Mundo, cuando el segundo, el del socialismo realizado se desmoronó entre 1989, año en que se eliminó el muro de Berlín, y en 1991, cuando se suprimió el Partido Comunista de Rusia, desapareciendo las estructuras políticas y sociales de la U.R.S.S y de los países de la Europa del Este. Actualmente el peso político y económico de los pocos países socialistas que se mantienen es débil, si no incluimos el caso especial de la Republica Popular de la China, que se esta convirtiendo en el segundo poder económico, político, militar y humano junto a los Estados Unidos.

Lo más correcto sería hablar de “países desarrollados”, que han completado sus ciclos económicos hacia la sociedad del bienestar, y de “países en desarrollo”, que están en situaciones muy diversas de desigualdad social y falta de medios propios adecuados. Y se debería sustituir la fórmula paternalista y condicionante de “países en vías de desarrollo”.

img_art_12990_5024Tampoco se utiliza el término neocolonialismo sino que, a raíz de los fuertes movimientos migratorios de las últimas décadas, se habla de unas sociedades postcoloniales y transnacionales, en la que partes de los habitantes de las antiguas colonias han debido emigrar por falta de recursos, realizando el recorrido en sentido contrario al de la colonización: intentando abrirse camino en las metrópolis que durante siglos les han explotado desde lejos8. Esta migración de flujo inverso al del siglo XX, en que Europa era la colonizadora y la que emigraba, tiene su repercusión en el medio urbano, en lo físico, pero también en lo social, cultural y económico. La lógica agrupación de inmigrantes por clase y origen ha creado paisajes urbanos no habituales en el mundo desarrollado. Y si en estos lugares no hay políticas públicas equitativas de acceso a la vivienda, la educación, la salud y el trabajo, si no se les reconocen sus derechos de ciudadanía, se transforman en guettos.

Crisis ecológica y parámetros de sostenibilidad

Al mismo tiempo, especialmente a partir los años setenta, la interpretación del universo va adoptando una dimensión holística: no sólo incluye la realidad de pobreza de los países en desarrollo, sino que también incluye las imágenes globales del frágil equilibrio ecológico de la tierra. Todo, lo físico, lo social, lo inmaterial y lo espiritual, está relacionado. Se genera, entonces, una visión sistémica basada en relaciones y se consolida la primera conciencia de los límites del planeta, sus recursos y su capacidad de carga y, al mismo tiempo la nueva visión de su inmensa variedad y riqueza en peligro. Por lo tanto, el mundo se ve con toda la belleza y vitalidad que luce Gaia, pero también, tal como la describió el mismo James Lovelock en 19889, con sus inmensas heridas, epidemias y contaminaciones; y con toda la fragilidad que a principios del siglo XXI han logrado demostrar los científicos con la explicación del fenómeno del calentamiento global y sus evidentes efectos.

Todas estas transformaciones infraestructurales, sociales y políticas, que sociólogos como August Hecksher retrataron a principios de los años sesenta, y críticos como Jeremy Rifkin10 han interpretado a finales del XX, han tenido su reflejo en el arte y la arquitectura, haciéndolo todo visible y consumible.

Se debe recordar que ninguno de los nuevos conceptos alternativos actuales – feminismo, pacifismo o ecologismo – estaba en los planteamientos del Mayo de 1968, ni en las propuestas revolucionarias de los años sesenta. De alguna manera seguía siendo una revolución patriarcal: se pretendía cambiar de manos el poder solo con planteamientos de clase y no inclusivos. Era aún una revolución moderna, para un ser humano único y universal, y no una revisión postmoderna basada en la pluralidad, interrelación y organización horizontal.

Entre el mayo francés de 1968 y los golpes de estado en los años setenta en América Latina se consuma la disolución y destrucción de ciertas esperanzas revolucionarias y renovadoras. A partir de los años noventa el impulso de transformación se dispersa esencialmente en dos direcciones opuestas, que tienen en común la exploración de maneras atomizadas, rizomáticas y en redes muy distintas a las convencionales: por un lado, hacia el nihilismo de los grupúsculos terroristas y, por otro, hacia los nuevos movimientos sociales alternativos, caracterizados por el pacifismo, la cooperación internacional, el feminismo y el ecologismo radical en organizaciones no gubernamentales o en contemporáneas organizaciones antiglobalización.

Unas estrategias celulares o rizomáticas que, tal como analiza Arjun Appadurai11, surgen como contrapunto al Estado-nación, hoy en crisis; y se dirigen en estas dos direcciones totalmente opuestas: la destrucción indiscriminada por parte de los terroristas o la reconstrucción de lo social y lo físico por parte de las ONG’S. Si en las primeras décadas del siglo XX todo tiene que ver con el Estado, ya sea políticas socialdemócratas impulsadas desde él o ya sea movimientos revolucionarios para transformarlo totalmente, en las últimas décadas, los movimientos sociales parte de la premisa de la fragmentación y la debilidad del Estado y del aprovechamiento de sus fisuras.

En este sentido, tanto las empresas multinacionales como las economías sumergidas y delictivas del narcotráfico y la prostitución, tanto los grupos terroristas como las ONG’s, actores tan heterogéneos y tan fuertemente contrapuestos, actúan a partir de la constatación de la debilidad del estado-nación: unos se aprovechan de huecos legales y facilidades para saltarse controles, y los otros han perdido la confianza en unos estados inoperantes, incapaces, en definitiva, de cumplir su misión, ya sea la de control o ya sea la benefactora12. En el límite, los miembros de las ONG’s se van convirtiendo, precisamente, en el objetivo más a mano, en el rehén idóneo que el terrorismo fundamentalista utiliza para chantajear a los estados. Y de manera imprevista, a principios del año 2011, fuertes movimientos sociales están intentando derrocar dictaduras en el norte de África.

Estetización y mundo virtual

La continúa mezcla de hechos reales y publicidad, tal como sucede en la mayoría de publicaciones ilustradas y en todos los medios de información y comunicación, comporta una paulatina estetización de todo, incluido el hambre, las guerras, la destrucción y la violencia.

Las fotografías de Sebastião Salgado, cierta publicidad de Benetton, los proyectos apocalípticos de Lebbeus Woods o las películas ensalzando la violencia, como La naranja mecánica (1971)de Stanley Kubrick, se nos presentan de manera ambigua, tal como ya sucedía con el Pop Art, como obras de arte y de crítica, pero a la vez, como una estetización de la miseria, la destrucción y la violencia, en la que se puede encontrar una raíz elitista, cínica e, incluso, fascista. El poder de la imagen es indudable, y en el mundo del consumo es imprescindible. Por ello, la exhibición de situaciones extremas en los medios de comunicación lleva a su legitimación, a producir una especie de efecto vacuna: nos inculcan un mal pero para ser totalmente inmunes a él y darle la espalda. La estética tiene, sin duda, un sentido positivo, al tratarse de valores cualitativos y formales, no cuantificables ni objetivables. Pero llevada al extremo se vuelve arbitraria, paralizadora de la crítica, alejada de los contenidos. En una época en que somos prisioneros de la experiencia visual, la estetización disuelve los contenidos y separa de la realidad. Y aquel que recurre a la presentación mediática de la miseria, de la explotación y la conflictividad, sin proponer ninguna alternativa, saca un ruin provecho de la rentabilidad que aporta la “estetización de la pobreza”.

Y en el terreno de la arquitectura, la tendencia a la estetización, a la imagen y al embellecimiento como piel sin contenido está muy presente: por la voluntad de ganar concursos con presentaciones lo más seductoras posibles; para convencer a los clientes de las grandes cualidades del proyecto; y una vez realizada la obra para intentar obtener las imágenes más idealizadas, eludiendo no solo la visión de los puntos débiles sino también su proceso de ocupación y uso, la presencia de las personas.

La dinámica de los concursos para encargos públicos de arquitectura, como control y democratización de la elección de los hacedores de obras públicas, es deseable. Sin embargo, como lo que importa en ellos es la presentación y el maquillaje, y no la profundización y el cuestionamiento crítico del programa, del sitio y de la necesidad o no del edificio, los arquitectos y las arquitectas que se presentan a concursos saben que lo importante no es el contenido, sino el poder de seducción de la imagen, conseguida con “renders” y maquetas.

Esclavos de nuestra cultura del consumo y de la imagen, consideramos que la obra construida no puede contaminarse de la realidad de su entorno ni de sus habitantes, dando como resultado una obra terminada que solo puede refrendarse si es igual al ideal, por tanto vacía y sin usuarios.

Y uno de los pasos ulteriores se ha conseguido cuando los medios de comunicación de masas ha conseguido realizar uno de los objetivos de la modernidad: el mundo virtual, la desmaterialización, la conversión de la obra de creación en pura energía. El mito de Internet, y todo el mundo contemporáneo a su alrededor, puede interpretarse como continuidad de los mitos de la cultura hippy, pop, alternativa y underground de los años sesenta en Norteamérica13. El énfasis en el nomadismo, la juventud y la rapidez ya estaba en los principios de la contracultura. Los “vagabundos místicos” de los que hablaba Jack Kerouac en su novela On the road (1957) son ahora los internautas que navegan por Internet. Las carreteras son ahora las autopistas de la comunicación. A estos principios de la contracultura de los años sesenta se han fusionado los valores productivistas y pragmáticos, individualistas y competitivos del neoliberalismo. Ello genera un nuevo protagonista, un individuo autárquico, aislado en su suburbio que, sin embargo, se imagina conectado y que, quizás, se cree comprometido con la realidad; una realidad mediatizada en un mundo complejo que se cree que se ha convertido en totalmente visible, transparente y utilizable por su fácil accesibilidad. El mundo que muestran “Google earth” o los GPS es plano, simplificado y visible, homogéneo e isótropo, cuando la realidad es opaca, variada y diversa, sin códigos culturales comunes. Hay aquí también una cierta estetización del mundo, en la recreación de mundos virtuales, como la fracasada “Second Life”.

Los intereses dominantes siguen trabajando para que la mayor parte del caudal crítico y revolucionario vaya siendo encauzado y neutralizado. El mayo de 1968 fue un momento de eclosión de revueltas, pero significó también la epidemia que, una vez superada, sirvió para vacunar e inmunizar al sistema capitalista durante décadas frente a cualquier otro posible conato de revolución o a otra experiencia de colapso. La capacidad del sistema tardocapitalista para asumir, incorporar y neutralizar cualquier crítica es una de las claves de su supervivencia. El capitalismo, tal como ha señalado Jürgen Habermas, es esencialmente autodestructivo y depredador, y consigue sobrevivir precisamente al nutrirse de las ideas, objeciones y críticas de sus más severos y feroces detractores. Y podríamos decir que empieza neutralizando las críticas con sus instrumentos más avanzados y absorbentes: la publicidad de masas y las campañas de marketing, que invaden la intimidad y la esfera de lo privado.

El desbordamiento en la producción masiva de las ciudades

Una última cuestión clave para analizar es la compleja crisis del proyecto moderno en arquitectura y urbanismo que se evidenció ya a finales de los años sesenta. La producción urbana y arquitectónica va perdiendo calidad hacia formas más frágiles, gratuitas y poco duraderas, más basadas en la imagen que en la tectónica. Un proceso que se agudiza a partir de los años noventa y que encuentra su análisis crítico y certero en el libro de Neil Leach La anestética de la arquitectura (1999), en el que se demuestra un nuevo fetichismo según el cual las representaciones de las obras arquitectónicas son valoradas por sus cualidades gráficas más que arquitectónicas; el discurso se reduce a su apariencia superficial, epidérmica y reproducible en los medios, despojándola de los significados originales, históricos y críticos.

Por lo tanto, la transformación hacia un capitalismo de consumo, la irrupción de la producción masiva y los cambios de paradigma artístico tienen también su reflejo en la calidad de la arquitectura y la ciudad.

Este profundo cambio productivo ha conllevado la consolidación de una producción masiva que, a partir de los años sesenta, tuvo un reflejo total en la transformación del sector de la construcción y de las formas arquitectónicas. Ello comportó consecuencias que tienen que ver con la pérdida de la calidad de la arquitectura masiva que configura la mayor parte de los nuevos barrios de las grandes ciudades, como ya denunciara Christopher Alexander proponiendo otra actitud hacia la arquitectura y el urbanismo. Durante los años sesenta y setenta se produjo en los países desarrollados un proceso nefasto: dominó la prefabricación pesada y la producción en serie y, como resultado de ello, se perdió la calidad del trabajo artesanal. Con ello se demuestra que la prefabricación y la drástica producción en serie no son la panacea y tienen como consecuencia la perdida de la memoria técnica de la construcción, cuando la solución hoy, frente a esta crisis, radica en la rehabilitación, la remodelación y el mantenimiento.

Veamos estas cuestiones en el contexto latinoamericanos. A partir de los años sesenta la arquitectura y el urbanismo en Latinoamérica entran en nuevo ciclo de crecimiento y desbordamiento, aunque los ritmos sean distintos: empiezan a crecer descontroladamente México, Buenos Aires y Lima y más tarde Caracas y Bogotá, mientras que ciudades como Montevideo siguen un proceso más lento. En los años cuarenta y cincuenta, dentro de ciclos de desarrollo, se había conseguido un avance en las condiciones sociales e infraestructuras, promoviéndose nuevas escuelas, universidades, hospitales, parques, centros sociales, etc. A partir de los años sesenta, las ciudades no son capaces de asumir la fuerte inmigración del campo a la ciudad sin desequilibrios: la construcción masiva comporta un crecimiento cuantitativo, de poca calidad y construcción rápida. La energía de las ciudades abandona la realización de equipamientos y se vuelca en los conjuntos residenciales masivos y en los barrios autoconstruidos. ¿Por qué empiezan a crecer de forma desmesurada estas grandes ciudades latinoamericanas, desbordando su estructura y sus límites, sobrepasando las posibilidades de planificación, infraestructuras y equipamientos? Una de las varias razones es la de las paulatinas crisis y reestructuraciones en el mundo agrario a partir de los años sesenta, ya sea por causas económicas o por conflictos violentos, que comportaron fuertes movimientos migratorios de desplazados hacia las ciudades que buscan protección y, como consecuencia, tal como sucede en Colombia, la necesaria aceptación de los barrios pobres autoconstruidos.

Estas primeras migraciones entre campo y ciudad coincidieron con un proceso de industrialización de la metrópolis, y por lo tanto, con una perspectiva de mejorar las condiciones de trabajo, salarios y calidad de vida. De manera opuesta, las migraciones de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, son expulsiones de un campo que se precariza y empobrece a causa de una producciones que de dedican a la ganancia fácil y depredadora de monocultivos transgénicos. Las poblaciones se trasladan a unas ciudades también en crisis por la desindustrialización de la década de los noventa.

planetoftheslums_Según Mike Davis en Planet of Slums (2006), este crecimiento desmesurado de las ciudades latinoamericanas es expresión de una conquista positiva, el “derecho a la ciudad”, a emigrar del campo e instalarse en la gran ciudad, donde se puede conseguir trabajo, sociabilidad, cultura y seguridad. Este “derecho a la ciudad” pugna por superar las trabas que, contra las colonias populares autoconstruidas, habían levantado ciertos políticos conservadores en los años cuarenta y cincuenta en ciudades como México D.F. o Caracas, expulsando sistemáticamente a los inmigrantes, a los que en México los denominaban despreciativamente “paracaidistas”, o realojándolos en bloques racionalistas14. Esta interpretación no es aplicable a China, donde se mantiene la ley de Mao Tse-Tung: si tú eres del pueblo de tus padres y quieres ir a la ciudad, no puedes, ya que según esta ley el cambio de residencia implica una pérdida del derecho a la educación y a la sanidad.

La corrección de esta oposición frontal a la vivienda marginal en América Latina se inició a mediados de los años sesenta, cuando en ciudades como Lima, Caracas o México D.F. se toleraron intermitentemente los procesos de autoconstrucción en las periferias. De todas formas, de nuevo reaparecieron políticas represivas de los barrios pobres, especialmente durante las dictaduras en Brasil, Argentina y Chile, en los años setenta y ochenta, en las cuales uno de los objetivos prioritarios fue erradicar los asentamientos marginales, bajo el lema que “quién no pueda pagar por vivir en la ciudad, que se vaya”.

Por este proceso podríamos decir que la arquitectura tan plástica de Oscar Niemeyer, operaciones tan cuidadas como la UNAM en México D.F. o la Universidad de Venezuela en Caracas de Carlos Raúl Villanueva, o que la obra doméstica de Luis Barragán, los alardes estructurales de Eladio Dieste y Félix Candela o las iniciativas de participación y creación de una nueva sociedad por parte de Claudio Caveri, tuvieron difícil continuidad a partir de los años setenta, porqué la escala de la construcción, la arquitectura y la ciudad cambió totalmente y por la dejación de obligaciones por parte de los gobiernos, tanto dictatoriales como democráticos.

Al mismo tiempo, el saber arquitectónico, al unísono con las nuevas posiciones artísticas, la crisis del proyecto moderno de la arquitectura basada en el espacio y en las nuevas tecnologías y materiales, evoluciona en un sentido inverso a lo que la realidad solicita. En vez de pensarse una producción con voluntad social que contribuya a solucionar los problemas de los seres humanos, la arquitectura se repliega en ciertos ámbitos. Apuesta por el énfasis en el signo, en entenderse esencialmente como lenguaje, como sistema de comunicación. O pretende legitimarse como obra de arte o de concepto; es decir, por encima de la funcionalidad y de la calidad espacial va a situarse el proceso, la justificación de la obra en relación al proyecto como actividad intelectual, que no se legitima en el terreno de su realidad funcional, sino en el de las imágenes artísticas que lo validan, intentando imitar el mundo reaccionario y de consumo de los artistas individuales. O, en vez de afrontar su crisis, se repliega en sus pretendidos valores disciplinares, en un autonomía que le permite justificarse por ella misma, sin relación con la realidad ni con las personas. Todo ello nos conduce a las condiciones contemporáneas.

1 Adorno, Theodor W. y Horkheimer, Max, Dialektik der Aufklärung. Philosophische fragmente, Social Studies Ass. inc., New York, 1944.

2Debord, Guy-Ernest, La sociedad del espectáculo (1967), Ed. La Flor, Buenos Aires, 1974.

3 Un magnífico texto sobre la sobreestetización de la arquitectura contemporánea es el de Neil Leach, La an-estética de la arquitectura, (1999), Editorial Gustavo Gili S.A., Barcelona, 2001.

4 Jameson, Fredric, “Periodizing the 60s”, en The ideologies of Theory. Essais 1971-1986. Volume 2: The Syntax of History, Univerisity of Minnesota Press, Minneapolis, 1987.

5 Véase el magnífico testimonio de Ryszard Kapuscinsky, Ébano, Anagrama, Barcelona, 2000.

6 Mezzara, Sandro (Ed.) Estudios postcoloniales. Ensayos fundamentales. Traficantes de sueños, Madrid, 2008.

7 Al respecto véase los libros de Vandana Shiva como India dividida. Asedio a la diversidad y a la democracia, Editorial Popular, Madrid, 2005; o en libro escrito con Maria Mies, La praxis del ecofeminismo: biotecnología, consumo, reproducción, Icaria Editorial. Colección Antrazyt, nº 128. Barcelona. 1998.

8 Sobre el contexto antropológico de las sociedades postcoloniales véase de Arjun Appadurai, Modernity at large: cultural dimensions of globalization. Editorial University of Minnesota Press, 1996; y El rechazo de las minorías, Tusquets, Barcelona, 2007.

9 Lovelock, James, Las edades de Gaia. Una biografía de nuestro planeta vivo, (1988), Tusquets editores S.A. Barcelona 1993.

10 Rifkin, Jeremy, La era del acceso, Ed. Paidós, Barcelona, 2000.

11 Appadurai, Arjun, El rechazo de las minorías, op. cit.

12 Davis, Mike, Planet of slums, Verso, Londres / New York, 2006.

13 Breton, Philippe. “Nuevas mitologías. El culto de Internet” en Le Monde Diplomatique, octubre del 2000.

14 Davis, Mike, op. cit.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s

Crea un lloc web gratuït o un blog a Wordpress.com.

Up ↑