Mujeres en arquitectura y urbanismo

Por Zaida Muxí

No es una cuestión banal hablar de mujeres en la arquitectura y el urbanismo, ya que como en otros ámbitos del saber, del arte, y de la política las mujeres no estamos representadas en igualdad de condiciones, ni siquiera representadas en orden de igualdad por méritos. Por ello, es necesario revisitar la historia de la arquitectura y de la ciudad en occidente para reescribirla incorporando otras miradas y experiencias, se trata de llenar huecos y vacíos dejados por la historiografía tradicional que ha evitado sistemáticamente reflejar las aportaciones de las mujeres.

Esta tarea no está exenta de dificultades debido a la desaparición de los rastros de las mujeres a través de la historia, considerando que la historia ha sido escrita según unos valores y patrones que automáticamente ha excluido a las mujeres. Esta desaparición no es un problema nuevo. Plutarco (Plutarco de Queronea 46-135 DC) decidió escribir la obra Virtudes de mujeres, entre 115 y 135, siguiendo de definición aristotélica de Virtud [1] y como repuesta a la negación de los registros históricos de referenciar las aportaciones de las mujeres.

Si una escala de valores se construye desde una experiencia, todo aquello que no entre en esa perspectiva queda desconocido, negado y olvidado. Por lo tanto, si son los valores y las experiencias de los hombres, a través del sistema patriarcal, las que establecen lo que es bueno y reseñable, entonces la mitad de la humanidad no cuenta, no hay lugar para otros valores ni experiencias ni saberes. Esta valoración sesgada es extensiva a las historias de todos los otros o subalternos, es decir, las minorías étnicas o de otro tipo, los no blancos, los no ricos.

“…las mujeres han dejado muchas menos huellas que los hombres en la documentación histórica. Esta es una de las consecuencias más importantes de las actitudes culturales negativas hacia las mujeres. Si su historia se define como los hechos de los hombres se menosprecian sus acciones, la vida de las mujeres se hace “ahistórica”, al vivir fuera del mundo de las empresas masculinas…” [2]

La primera cuestión previa y clave para escribir desvelando el mundo de las mujeres es la ya clásica discusión desde las teorías feministas, ¿cómo construir un nuevo discurso, con diferentes valores si nos encontramos “talladas” por el patrón único de valores patriarcales, masculinos y machistas?

La segunda cuestión, es el género, ¿a qué hace referencia? Género es la construcción social y cultural de roles conformada históricamente que atribuye capacidades específicas, asigna espacios y da prioridades a cada sexo. El interior, lo cotidiano es secundario y relativo; el exterior, lo público es principal e importante. La experiencia masculina queda formulada como neutral, objetiva, racional y universal; frente a la subjetividad, irracionalidad e irrelevancia de la experiencia femenina. Esta valoración discriminadora tiene su formalización en el orden doméstico y en el orden urbano, lo privado y lo público, pares complementarios inseparables, pero que sin embargo se han construido como antagónicas.

El discurso de los roles de géneros se articula en la aceptación de la estructura patriarcal y de jerarquías que garantiza su repetición y perpetuación por el parentesco. La escenificación y puesta en práctica de roles tiene dos espacios: la casa y la ciudad. Por ello, es necesario desvelar los discursos y significados detrás de las formas. Y descubrir que las mujeres desde su propia experiencia han aportado a la mejora de la casa y la ciudad.

La construcción de roles de género no es nada inocente ni inocua. Una revisión histórica desde este pensamiento crítico nos desvela los intencionados discursos que, a lo largo de la historia occidental, se han dedicado a colocar mujeres en el lugar de subordinación, una estrategia de dominio que atraviesa las diversidades de clase, de origen cultural y religioso, así como educativos. La construcción del género o, lo que es lo mismo, la asignación de habilidades de las que derivan capacidades y posibilidades, aptitudes y actividades, determina, particularidades y unívocas propiedades según se sea mujer u hombre. Los roles y habilidades de género son imposiciones basados en la supuesta dualidad del sexo biológico de nacimiento. [3]

En esta división dual y artificial a las mujeres se nos ha asignado un espacio, el interior, y un mundo de trabajo, el reproductivo. La invisibilidad de lo privado y el no reconocimiento del valor de la reproducción, que implica todas aquellas actividades encargadas de la gestión del cuidado de los otros componentes de la familia, del cuidado del hogar, de la nutrición, han marcado y marcan las actividades realizadas por el género femenino, aun hoy mayoritariamente responsabilidad y obligación de las mujeres, aunque la presencia femenina en el mundo productivo tiene tanta vida como la del hombre. Este papel inevitable, por siglos, para las mujeres ha tenido como consecuencia, por un lado, que no se visibilicen las actividades de las mujeres en los ámbitos de la producción, ya que no nos pertenecen, no nos son propios ni adecuados y, por otro, la invisibilidad y no valoración de las tareas domésticas o de la reproducción ha vaciado de contenido remarcable las aportaciones de las mujeres a la sociedad desde ese rol asignado y obligado.

Se ha de cambiar el punto de vista, crear nuevos sistemas de valoración, para ser capaces de ver y valorar a las mujeres en todos los ámbitos, entre ellos el urbanismo y la arquitectura. Tanto desde el reconocimiento, muchas veces el descubrimiento, de las aportaciones técnicas e intelectuales de las mujeres a las profesiones citadas, como en hacer evidente las necesidades diferenciadas entre hombres y mujeres en el uso de la ciudad y en los edificios. De diferentes realidades vividas se obtienen diferentes experiencias, por lo tanto, diferentes datos de partida para abordar la resolución técnica de cualquier proyecto. Distintas experiencias tanto desde los roles de género como desde los cuerpos sexuados diferentes. Reconocer estas diferencias no significa reafirmar la desigualdad sino, reconocer que diferentes experiencias conllevan diferentes maneras de conocer y ser en el mundo y se ha de aprender a otorgar igual valor a las diferencias.

Como ya se ha dicho, el género en tanto que construcción de roles y capacidades, ha condicionado el ser y estar de mujeres y hombres en el mundo y de ello no es ajena la práctica de la arquitectura y el urbanismo. Por ello, pienso por lo menos tres razones para revisar la historiografía, la teoría, la crítica y la práctica del urbanismo y la arquitectura desde el feminismo. Tres razones que significan otra manera de hacer, otra manera de ver y otra manera de ser.

La primera es dar lugar en la historia de la arquitectura y el urbanismo por derecho propio a las mujeres que desde las prácticas profesionales, regladas o no, y, antes que nosotras, aportaron su grano de arena en la construcción de nuestros entornos y saberes. La segunda es la visibilización de la experiencia y necesidades de las mujeres en tanto que hemos sido las grandes ausentes en la toma de decisiones para la construcción de nuestros entornos, ya que el poder de decisión y de proyectar ha estado en manos de la experiencia y el conocimiento masculino, erróneamente considerado neutral y universal. Y en tercer lugar, el desvelamiento de las mujeres que desde diferentes experiencias y campos de conocimiento han aportado en la arquitectura y en la construcción [4] de las ciudades poniendo en primer plano del conocimiento la experiencia de ser mujer.

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