Gaudí, Messi y lo demás

Por Josep Maria Montaner

Es bueno que Barcelona sea tan deseada, pero da pena que los visitantes se lleven una visión tan simplificada

Cuando uno o una viaja a cualquier rincón del mundo y dice que es de Barcelona comprueba lo que ya conoce paseando por la ciudad, en qué medida y por qué aspectos atrae tanto. Hay dos reacciones más inmediatas.

Si la persona es un poco culta exclama “¡la ciudad de Gaudí!” y acto seguido te cuenta, si ha ido a Barcelona, las obras de Antoni Gaudí que ha visitado, y si aún no ha ido te confiesa que una de sus ilusiones es viajar a Barcelona para ver la obra de Gaudí. Es decir, hacer cola para entrar y subir a la Sagrada Familia, visitar La Pedrera y la casa Batlló, con suerte entrar en el Palau Güell. Precisamente el próximo 25 de octubre entrará en vigor el polémico cobro de entrada en el Park Güell. La solución es que los turistas pagarán, los vecinos entrarán gratis con un carnet y el resto de barceloneses y ciudadanía podrá entrar mediante una inscripción hecha con una semana de antelación. Sin duda hacía falta resolver la visita excesiva y abusiva que sufre esta inacabada ciudad jardín de Gaudí, pero es duro privatizar un espacio público y es una lástima que todos los planteamientos y propuestas de estos años hayan terminado con una lógica municipal puramente crematística de sacar fondos de la entrada, sin ninguna previsión sobre si los beneficios se van a dedicar a la conservación del parque.

La segunda respuesta, más mayoritaria, en cualquier lugar del mundo es “¡Ah Barcelona!, ¡el Barça!, ¡Messi!”, e inmediatamente sonrisas y felicitaciones. Después de Gaudí, el rosarino Messi es el catalán más conocido. Lo que hace el F. C. Barcelona es algo que siguen muchos habitantes del planeta. De hecho, en cualquier calle, plaza o descampado en el que jueguen unos niños, casi seguro que hay uno con una camiseta del Barça. La simpatía que despierta el Barça en todos los países es mucho mayor que la del Real Madrid. Y claro, cuando viajan a Barcelona, van a ver el museo del Barça y siguen fascinados la experiencia de visitar el Nou Camp, saliendo al césped por el foso de los jugadores, como si fueran los heroicos futbolistas. Sin duda es un montaje muy bien elaborado y la explicación de la historia del club, sus vicisitudes y victorias, le da un tono progresista y catalanista al Barça que el visitante capta. Y uno ve allí muy interesados no solo a los europeos que nos visitan normalmente y luego compran todo tipo de souvenir culé, sino que también ve como se emocionan con la historia del equipo gentes de culturas y creencias lejanas a las nuestras.

Para los más refinados, lo mejor ha sido poder pasear por las calles y visitar los museos, como el Picasso, llegando hasta Santa María del Mar y al Palau de la Música

Y lo demás que te preguntan o te cuentan lejos de Barcelona va variando según la procedencia, recursos económicos y cultura. Los más politizados preguntan por la crisis y por el porqué del proceso de independencia de Cataluña. Los que han estado destacan las playas y la comida. Para los más refinados, lo mejor ha sido poder pasear por las calles y visitar los museos, como el Picasso, llegando hasta Santa María del Mar y al Palau de la Música o, incluso, desplazándose al Museo Dalí de Figueres. No sé si saben que el MNAC (Museo Nacional de Arte de Cataluña tiene más visitantes franceses (12%), norteamericanos (6,5%), que obviamente han de cruzar el Atlántico para llegar, e ingleses (4,5%) que españoles (4%), y va creciendo el porcentaje de rusos (3%). De Barcelona viene el 23% y de Cataluña el 24 %. Es bien curioso y sintomático que a los turistas del resto del Estado español, aparentemente tan cerca, les interesa tan poco la historia del arte catalán. Mutuo desencuentro, podríamos decir.

Y los jóvenes, especialmente los ingleses, te cuentan como Barcelona es el paraíso de la juerga continua, de la cerveza barata, del descontrol, del hacer lo que quieras. Por ello hay tantas despedidas de soltero británicas en la ciudad y tantos records de borracheras. Los jóvenes europeos saben que pueden hacer aquí (o en Lloret de Mar) las gamberradas que no les permiten en su países.

En definitiva, qué bueno que Barcelona sea tan famosa, tan deseada y que despierte todo tipo de simpatías, sonrisas y complicidades (culturales, futbolísticas, culinarias o alcohólicas), pero da que pensar que se lleven una visión tan simplificada de la ciudad

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